«LOS EPISODIOS NACIONALES» DENTRO DE LA UNIDAD

DE LA OBRA GALDOSIANA

Joaquín Casalduero

Fechas

Obras iniciales: La sombra, la Fontana de Oro (1870); El audaz (1871). Primera serie de Episodios: Trafalgar (1873), La batalla de los Arapiles (1875). Se

gunda serie: El equipaje del rey José (1875), Un faccioso más y algunos frailes

menos (1879). Entre La segunda casaca (enero, 1876) y El Gran Oriente (junio, 1876) intercala Doña Perfecta (abril, 1876). Entre El 7 de julio (noviembre, 1876) y Los mil hijos de San Luis (febrero, 1877) escribe y publica Gloria

(diciembre, 1876-mayo 1877). Al terminar El terror de 1824 (octubre, 1877)

puede dedicarse a Marianela (enero, 1878). Después de acabar Un voluntario

realista (marzo, 1878) viene La familia de León Rock (junio-octubre y diciembre, 1878), y al año siguiente cierra la serie con los dos últimos episodios.

Desde 1881 (La desheredada) hasta 1915 (La razón de la sinrazón) transcurren los años de la creación de las Novelas Contemporáneas, que a partir de 1892

(escenificación de Realidad) se desenvuelve paralelamente a su producción dramática. En 1898 {El abuelo, novela, es de 1897) retorna a los Episodios, las se

ries últimas, 26 volúmenes, que, como las tres primeras, se suceden sin solución

de continuidad hasta 1912, y coinciden con Electra (1901); Casandra (novela,

1905) y El caballero encantado (1909). Los 46 volúmenes cubren la historia desde 1805, la batalla naval, hasta 1880, fecha de la expulsión de los religiosos de

Francia, bastantes de los cuales se refugiaron en España.

Vacilaciones e incertidumbre. Monumentalidad

Si exceptuamos su edad juvenil en Las Palmas, es sorprendente la seguridad

de la vocación de Pérez Galdós. Tiene al llegar a Madrid unos años de vacilación, todo conduce a ello: su edad, nadie que le dirigiera, sus compañeros, su

soledad, los estudios impuestos, el cambio.de medio. Debe imponerse, debe con

quistar el mundo, ser un Alejandro (que no es lo mismo que César), y con ironía

Miquis. Lo que quiere es revolucionar y renovar la escena. Doble maravilla; primero, poseer una ambición, un querer, tan auténtico que pronto se da cuenta que

no está preparado para ello, la maravilla segunda. Tan auténtica vocación, que

acumula en calma la experiencia vital y técnica, la cual, en su madurez, infundirá

verdadera vida al teatro español.

Cuando está en sus veinte años encuentra la gran expresión literaria del si

glo xix. A pesar de Schiller e Ibsen, el teatro no consigue cristalizar el mundo

de la pasada centuria; al lirismo del verso, de Byron a Mallarmé, que se eleva

a una altura quizá nunca alcanzada antes, su carácter minoritario le impide en

carnar el movimiento de la sociedad en forma de masa,-tarea reservada a la novela.

La característica más extensa de la novela decimonónica, pero no la más profunda,

es su monumentalidad de masa con su densidad, su espesor tanto desde el punto

de vista del asunto como del tiempo que transcurre y del número de personajes.

Necesita la solidez, la emoción de lo sólido, especialmente en el carácter moral

de sus criaturas. Piénsese en Dickens, Balzac, Zola, Tolstoi, Dostoievski. Galdós

forma en este friso de gigantes. Tiene una gran seguridad en lo que busca: el

secreto de la Historia, y su ritmo-simbolismo histórico de La sombra; penetración

de un período histórico, La Fontana; dar con las raíces próximas del movimiento

político contemporáneo, El audaz. Ese triple lanzamiento, sin embargo, desde los

últimos años de los 60 hasta el 71, muestra su tanteo e incertidumbre. Pero en

cuentra lo que buscaba, los «Episodios Nacionales». Hubiera podido caer en la tentación de imitar a Dickens o a Balzac. Su personalidad le salva: antes de estudiar

la sociedad tenía que comprender el mundo político, su complejo tejido, la

trama fÜosófico-científico-moral moderna y creada fuera de España. Es lo que,

en mi opinión, hace que sus «Episodios» se alejen por completo de la novela histórica y desemboquen en la vida social contemporánea.

Novela histórica, Episodios Nacionales.

Primera Serie: su acción ideal

La novela histórica es siempre más que una recreación de un ambiente políticomoral

más que una recreación de medios y costumbres, una evocación de los

tiempos que fueron, la emoción del pasado y de la lejanía. Galdós, por el contrario se sitúa en el presente, va a desentrañar una o la explicación del hoy. Lo que

ha sucedido debe iluminar lo que está sucediendo. En la Guerra de la independencia (primera serie > de Episodios) alumbra al novelista el amor a la Patria,

que los últimos decenios del siglo xvm podían hacer creer que había desaparecido.

Amor a la Patria en su forma más exaltada: la del sacrificio de la vida, heroísmo

que une a todo el pueblo. Se defiende la tradición, la defienden todos los estamentos y todos los estados. Incluso en Cádiz, donde al hablar de libertades, de

Cortes, creen sinceramente que se trata de restablecer la Edad Media. Galdós

no quiere inmiscuirse en la historia. No se trata de objetividad histórica y aún

menos artística. Que Napoleón le pareciera un criminal es comprensible, pero no

era un sentimiento personal, muchos contemporáneos del Emperador lo consideraban así. El problema residía en Fernando el Deseado. Algunos afrancesados

podían sentir toda su vileza, pero un historiador debía reconocer que fue un ideal,

porque en ese momento era el símbolo de la Patria. El novelista hace algo en mi

opinión genial. Relata la corriente heroica, que es un hecho histórico; a ese heroísmo no hay nada que objetar, pero Galdós le sobrepone el sentimiento mo

derno de la Patria. La novela abarca los diez volúmenes de la serie. El protagonista, salido del pueblo, va descubriendo paso a paso y vitalmente cómo a la

Patria no sólo se le ama ofrendándole la vida; el amor tiene que consistir ante

todo en servirla y en cumplir con su deber. Sin alardes revolucionarios se introduce una idea moderna, que don Benito sinceramente comparte, y la cual será

uno de los ejes de su mundo. Nadie puede rechazar este concepto del amor á la

Patria, por eso la segunda serie tiene tanta fuerza: ¿En qué consiste el deber?

¿Cómo se sirve a la Patria? Porque los mismos que se presentan unidos al morir

por ella se hallan inmediatamente divididos al imaginar las respuestas a esas

preguntas. Gabriel Araceli, con su vida, daba unidad a los diez volúmenes de la

serie e introduce uno de los temas en que Galdós ha de meditar incesantemente

hasta El abuelo: el tema del honor. Importa poco que no se comprendiera lo

que significaba el sentimiento del honor en el siglo xvii; tampoco se compren

día la picaresca. Lo esencial es que Galdós quiere situar el honor en el plano

de la conciencia individual; hacer de él un íntimo sentimiento de moral verdadera, una fuente de vida y de conducta recta.

La acción simbólica de la Segunda Serie.

Plasma de la abstracción histórica

La acción de Gabriel Araceli, la acción novelesca, es aína acción ideal. Al

proseguir los «Episodios» en la Segunda Serie, la novela, que todavía abraza los

diez volúmenes, es una acción simbólica. A finales del siglo xv empieza a forjarse el nuevo sentimiento de Nación. España lo fundará sobre la unidad religiosa y la unidad lingüística. Se siente heredera del concepto de universalidad de

la Edad Media; por eso las luchas entre el Papado y la Corona tienen el mismo

significado que las luchas medievales entre la Tiara y el Imperio. En el resto

de Europa la religión se hace nacional y la unidad se busca no en lo singular,

sino en la armonía y convivencia de lo múltiple, incluso de lo diverso y contradictorio. No se trata de dilucir quién ha sido más cruel y más ignorante y estúpido, sino de darse cuenta de que en España todos los cambios tenían que ser

más o menos externos, ya que ella no trataba de crear tradición, quería continuar

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apegada al pasado, inmovilizada. Mientras tanto en el resto de Europa se con

cibe el Estado y la Vida como algo no hecho, sino en un devenir perpetuo, en

un continuo hacerse. Se sustituye lo absoluto por lo relativo. Esto es lo moderno, lo vital, lo que por ser vital se ha impuesto. En lo relativo ha surgido la

nueva alegría angustiada, la nueva seguridad y la nueva confianza. La nueva con

cepción y la nueva valorización del tiempo.

Son dos hermanas las que, en Napoleón en Chamartín (Primera Serie), nos

dan a conocer por medio de un diálogo la escisión de España. En la Segunda Serie

se profundiza extraordinariamente en esa división. La imaginación del novelista

ha captado la raíz única de la permanente división moderna de las dos Españas:

la fecunda enfrente de la inmóvil y paralítica. Entonces crea su nuevo símbolo:

la ilegitimidad, que es de signo positivo. Ilegítimo significa el injerto europeo

moderno, es decir, filosófico-científico, relativo y limitado, en el árbol tradicional,

religioso-absoluto, y, en el caso particular de estos Episodios, el nacimiento de

una clase media progresista, liberal, con la necesidad espiritual, intelectual, moral y económica de hacerse cargo del poder, luchando en el parlamento y en las

barricadas. No hay que preguntarse si esa clase media era una realidad o un

sueño apoyado en la existencia (ya desde el siglo xvín) de una minoría tan insignificante como valiosa y sin influencia política, que, por otra parte, no buscaba,

pues creía en la lenta y únicamente benéfica evolución cultural.

Trata la materia histórica cual hizo en la serie anterior. La parte novelesca

representa un gran avance en su capacidad de escritor y en su desarrollo como

creador. En lugar de proponer lo que debe ser, para que los lectores aprendan

la lección utópica y casi siempre o siempre estéril, traza con gran honestidad y

valor el esquema de lo que ha sido. La España tradicional: Jenara, bella, apasionada, fanática, intransigente, infecunda; Soledad, la España futura: dulce, callada,

atenta, caritativa. Salvador Monsalud, el novio de Jenara, es rechazado por ésta

cuando se entera de su afrancesamiento y se pone en relaciones con Navarro^ de

apodo Garrote. A Jenara no le basta eso, no puede bastarle; le grita a Garrote:

« ¡Mátale! ¡Mátale! » Salvador logra escapar y se une a Soledad. En La Fontana

de Oro escribió dos desenlaces': en el primero, Lázaro muere; en el segundo,

se casa con Clara, la hace feliz y viven felices en el campo, dedicados a la agricultura. Lo que Galdós había entrevisto en La Fontana (1870), plasma lúcida

mente en El equipaje del Rey José (1875), y en el grito de Jenara penetra en

el alma de doña Perfecta. Con la novela (1876) acierta a dar a su mundo la

forma abstracta que necesitaba. Su número de símbolos aumenta considerable

mente —el lento tren mixto, el túnel, lo desapacible, la contradicción entre el

nombre y lo que designa, el toque de clarines, la cabezada de Pepe Rey contra los

pies del Cristo, etc.—. Todo ello dentro de la realidad social —^-interpenetración

de la iglesia, la sociedad, la administración y la justicia—, de la realidad humana,

geográfica y económica. Es una realidad española que abarca a todas las regiones,

e incluso al mundo reaccionario universal. También vemos ahora dos desenlaces,

sólo que opuestos a los de La Fontana: desgraciado, feliz. El de El equipaje es

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felÍ2, el de Doña Perfecta, funesto. Quizás en la primera novela pensó que no

era ni justo ni objetivo quitar toda esperanza a la España que quería renovarse,

vivir y ser fecunda, por eso la corrección del desenlace feliz, en el cual reincide,

aunque no de manera tan utópica, en el Episodio. Además, la historia imponía

esta esperanza, pero en Doña Perfecta no está testimoniando el acontecer diario,

no tiene que dar fe de los altibajos de la lucha por la libertad. La imaginación

novelesca no va a levantar acta de lo acontecido, sino a descubrir la realidad verdadera. Galdós aún no ha dicho su última palabra, continúa trabajando en este

problema; hallará la solución más tarde, después de haber vivido con Evaristo

Feijoo (Fortunata) y haber pasado por la experiencia de Ángel Guerra y del 98.

Galdós, al comprender tan claramente su mundo, la verdadera realidad de

la historia de España, aprehende perspicazmente la realidad superior en que está

inscrita. A la religión de Doña Perfecta ya había opuesto Pepe Rey la ciencia. No

se trata de que se deforme y traicione sinceramente o no la religión. Con clarividencia, quizás única en España, el novelista proyecta a los que se creen en

posesión de la verdad absoluta como origen y fuente del odio más repugnante

en la historia humana. Judíos y cristianos se comportan como fieras en Gloria.

Así puede llegar al triunfo de la verdad relativa, la científica. Marianela abre

el camino al hombre de buena voluntad, que humildemente, con humildad cien

tífica, pone lo limitado de su saber, de su esfuerzo, en medio de dolores y dudas, al servicio de la Humanidad. Así antes de terminar la segunda serie puede

escribir La familia de León Roch, con la misma dualidad de los Episodios, pero

de la geografía simbólica —Orbajosa— hemos pasado a una visión concreta

—Avila, Valencia— y de la realidad abstracta de los personajes pasamos al mundo de los individuos.

Habiendo conseguido esa idea clara de España se dirige con paso seguro a

apoderarse de los españoles de su época, y de su medio físico y moral —del

habitat, de la sociedad. Casi se podría afirmar que la labor de estos doce o catorce años ha sido el ejercicio preparatorio para poder ver, comprender y captar

lo que le rodea, personas y cosas. Se dedica a ello con suma conciencia, con

profundo amor y con ironía. Ya se ha dicho en otra ocasión, no se pregunta

como Larra: «¿dónde está la España?» Lo que ha hecho es indagar cómo es

España, cómo son los españoles. El estudio del siglo xix se lo ha revelado

e igualmente le ha mostrado el comportamiento político ingenuo y poco maduro

de sus antepasados y contemporáneos.

El equipaje del Rey José dio lugar al gran mundo abstracto de las novelas

de este período y la enseñanza de éstas la recoge en Los apostólicos, penúltimo

episodio de la segunda serie: España tiene una idea muy vaga de qué es la

libertad y desconoce lo que es el respeto mutuo. No comprende que para que

la libertad sea una realidad fecunda hay que fundarla en dos esclavitudes: la

de la ley y la del trabajo. Esto no impide que España, un día u otro, pero ineludiblemente, se incorpore a la civilización contemporánea. La civilización en otro

tiempo fue conquista, privilegios; hoy es trabajo e igualdad. La trayectoria de

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Galdós va del revolucionario Lázaro al voluntariamente sometido a la ley León

Roch. (He tenido que citarme y ruego al lector que me perdone.) Sobre este

fondo destacará el temperamento, el carácter de sus contemporáneos, la estructura económico-social que han creado y que al mismo tiempo les plasma y mol

dea, con su modalidad religiosa, educacional, pasional y sentimental. Hace de

Don Quijote un mito galdosiano, deformando y falseando, en mi opinión, la

intención de Cervantes. Poco a poco la realidad le conduce al espíritu, según

lo concibe el siglo xix. Si ha incitado al trabajo, a la ciencia, al orden administrativo, a no servirse de la imaginación simplemente para huir de la realidad

y del hoy; luego estudia las complejas relaciones de la psique y el cuerpo y la

sociedad. El espíritu de verdadera caridad le lleva a actualizar la doctrina evangélica y la persona de Cristo, obligándole a rechazar las instituciones que han

esterilizado la vida espiritual; pone en entredicho el valor de la actividad política (Feijoo), vive la desilusión (A. Guerra); expone su límpida concepción de

la misericordia y del honor.

1898. Tercera Serie.

De la visión abstracta de la vida

Así llega a 1898, en que por simbólica coincidencia, como ya ha sido indi

cado, el marasmo nacional de la Restauración se identifica con el desastre económico del escritor y su desorientado estado moral. En el período de las dos

primeras series de episodios los personajes son fuerzas y sentimientos en un

conflicto histórico-político —una de las tensiones más características del siglo xix.

En las novelas contemporáneas el elemento histórico subsiste, y al igual que en

todos los grandes novelistas del siglo xix, la Historia desempeña la función que

hasta el Neoclasicismo desempeñó la Mitología. Advirtierido que con la Historia

no sólo se obtiene la dimensión moral e intelectual de los hechos, sino también

la situación temporal y local, lo que no sucedía en el Barroco con el manejo

que hace de Crónicas y Leyendas. Con la Tercera Serie de Episodios, cuyo tema

—la guerra carlista— tanto le repugnaba tratar, razón por la cual dejó de trabajar en ellos, vive el novelista la historia de España en sí mismo. De la re

flexión abstracta pasa a la vida, su propia vida. Fue el estudioso de la historia;

en las novelas contemporáneas fue el atento observador de la vida española y

de su medio. A partir de 1898 nos da su historia, su alma, su vida, su lucha

civil, sus dudas, inseguridades y dolores. De aquí que el abundante pormenor

histórico quede soterrado bajo la avalancha de lo novelesco. Lo político-militar

representa un papel segundo al lado de la historia civil —la cultura—; la transformación social, la de la masa anónima; el desorden económico, lo enteco de

la actividad industrial, el pulular de almas anónimas; la infrahistoria, lo que

Unamuno denominará intrahistoria y considerará como Galdós, de acuerdo con

las directrices democráticas, el acontecer significativo. En lugar de trompetas

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y tambores, el humilde acordeón, según el sentimiento de Baroja, demócrata

también. Si antes la novela plasmó el significado de la historia, empezando la

tercera serie los Episodios comentarán y aclararán la novela. Ya no trazará un

argumento que abarque todos los Episodios de la serie, aunque en la Tercera

hay un hilo simbólico muy tenue, que desaparece en las otras dos. Zumalacárregui

y Mendizábal son modelados con igual simpatía humana; la campaña del

Maestrazgo se presenta en su triste, estúpida y repugnante crueldad; luego Vergara;

las bodas reales. Lo más valioso es la llegada del Romanticismo, después

el comienzo del Realismo-idealista, con su carga de sentimiento, tan llorón pero

tan distinto del lacrimoso del siglo xvni. Un profundo trastorno económico, y

algo más paliado, social, se produce con la desamortización y también por la

misma guerra civil; por fin se construyen unos cuantos kilómetros de líneas

férreas y se oye el resoplido de algunas locomotoras. Si con la materia histórica

estudia la reacción del Espíritu ante la guerra (La Fiera la estrenó «en 1892),

expresión de sus inquietudes espirituales y morales, con la materia novelesca se

acerca al Impresionismo: subjetivismo, captación de la momentaneidad; tratamiento de la luz, que deja de ser simbólica psicología. Define la visión de la

España decimonónica que Valle-Inclán hará suya en su período esperpéntico: la

manía de España de hacer «verosímil lo absurdo».

Galdós y su obra-,

la responsabilidad del escritor

Ha tenido que ocuparse de la guerra civil cuando la Restauración recoge

todos los frutos de su clericalismo y su incapacidad político-administrativa. Se

ve anegado en el marasmo del 98, en su inmoralidad y amoralidad. Galdós tiene

que examinar su propia vida, su propia obra. Antes de echar en cara nada a

nadie, tiene que poner en claro su propia responsabilidad. ¿Qué es lo que ha

hecho?¿Basta con ser un estudioso de la historia? Ve su error en su prudencia

juvenil, en haberse limitado a censurar los excesos cometidos por los liberales,

su impaciencia, su precipitación. Por otra parte, la nueva generación viene con

un gran ímpetu combativo, dispuesta a arrollarlo todo, y su espíritu de lucha

obedece a una nueva sensibilidad estética y moral. Galdós cree toda su labor

perdida, su mensaje va a ser desoído y no se enfrenta con los jóvenes, piensa

que tienen razón.

En la cuarta serie vemos al autor, de un lado, entristecido al contemplar

cuanto le rodea, pero no con el pesimismo de un Baroja o de un Azorín o el

tono tronielocuente y jeremíaco de Unamuno, pues al mismo tiempo se siente

fuerte por haber descubierto la verdadera realidad. Es la época de Electra y

su gran triunfo; también del triunfo de la muchacha que no se arredra ante

las fuerzas del mal. Ella representa la vida, la voluntad de ser, ante Pantoja,

que es la muerte. Se ve toda la diferencia —el camino recorrido— con Doña Perfecta. En Casandra la vida se impone de nuevo, pero con el imperativo de

matar y como el espíritu de Doña Perfecta revive incesantemente y bajo mil for

mas diferentes es necesario la vigilancia más estricta para volverla a matar en

cuanto renazca. Los Episodios son una aclaración y comentario de su obra y

de la vida española. Para visitar un harén no hay que ir a Tetuán, en España

se encuentran los que se quieran (Carlos VI en la Rápita). El falso mundo de

la Restauración, todo apariencia y mentira; la índole de su virtud, más bien

signo de triste empobrecimiento imaginativo, moral y fisiológico, nos la ofrecen

los Episodios acertadamente como el acento principal de la época. La Cuarta

Serie se distingue con Amor y Ciencia y Bárbara por el análisis psicológico, el

estudio de caracteres y de medios, el descubrimiento de nuevas situaciones y

maneras de ser. En Prim, por ejemplo, tanto como la acción política del general

le interesa estudiar y explicarse la fascinación que ciertos hombres ejercen sobre la muchedumbre —casos de alucinación colectiva.

Prostitución. Mitología. Quinta Serie

El 98, una nueva generación, un nuevo estilo para una nueva sensibilidad;

a todo ello se une la vejez y la ceguera. El triunfo de Galdós es completo, triunfo popular y literario —recuérdese Electra—, apoteosis en el teatro y en las ca

lles; la revista «Electra», donde conjurados por Galdós se reúnen el pensa

miento y la literatura jóvenes; recuérdense los ataques clericales y reaccionarios,

dentro y fuera de España, más insidiosos que nunca, más estúpidos, más bajos.

Es difícil saber hasta qué punto el éxito le halagaba íntimamente; los ataques,

lejos de sorprenderle, le indicaban que continuaba dando en el blanco. España

aparece en la Quinta Serie como un prostíbulo: es el vacío moral, intelectual,

religioso y espiritual de la sociedad creada por la política y los políticos de la

Restauración. Lo que más le indignaba era ver cómo la clase social a la cual

pertenecía y de la cual no podía ni quería salir, había traicionado sus principios

e ideales, los de la clase y, por lo tanto, los suyos. Reconocía que el fracaso

de la burguesía hacía obligatorio el paso del poder a la clase trabajadora, en

ella residía la fuerza y la nueva savia; pero el proletariado le era ajeno. Podía

ayudarle, no pretendía hacerse pasar por socialista. Engañar a los demás y

sobre todo engañarse a sí mismo le repugnaba; por otra parte, era incapaz

de ello.

Ya en El abuelo se nos dice que tan verdad, o tan mentira, es la Historia

como la Mitología. A fin de siglo el terreno de los valores es algo movedizo,

en el cual nada se presenta con un neto perfil. Otra sorpresa es la que da el

Conde a sus nietas cuando les dice que son ellas las que van a enseñarle la

historia a él. Efectivamente, le enseñan algo más que la Historia. Al final de

su etapa creadora, Episodios, novelas y teatro se llenan de figuras mitológicas,

como en La sombra; pero lo que tenía que abandonar después de su primera

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novela reaparece con un sentido y una función completamente distintos- tan distintos que a veces la acción es llamada inverosímil. Está soñando la vida que

ha vivido; está soñando los sueños de su juventud: escuela, trabajo, salud

amor. Ese sueño no era utopía, era un sueño realizable que había terminado

en catástrofe Pero ahora, el Galdós ciego no cree que el soñar y sembrar

ideales sea obra valdía. El anticlerical, el antimonárquico canoniza a una reina

la madre de los Habsburgos españoles, Santa Juana de Castilla (1918), antes

había deshechizado al último vastago de la rama española, El caballero encantado. Galdós termina soñando; quiere soñar, no escapar; sabe que sueña Es

su testamento humanitario y universal. El problema de España lo transforma

en un acto de amor a España.

NOTAS

A p7' ]0^ ^f5™ Casalduero- Una ^vela y dos desenlaces: «La Fontana de Oro,

de Férez Caldos, «Ateneo», LXXXVIII (1955), 6-8.