V CONGRESO QALDOSIAMO ■
■ SESIÓN DE APERTURA ■
APROXIMACIÓN DE QALDÓS
AL NOBEL
Pedro Ortiz Armengol
c
v-/omo es bien sabido, el Premio
literario más famoso de los tiempos modernos fue instituido por un gran
industrial sueco, y nació de los escrúpulos de conciencia de éste, al ha
ber obtenido —su familia y él mismo— una gran fortuna de las industrias
de armamento de varios países: la Rusia zarista, los Estados Unidos y
Francia, principalmente.
En 1895, estableció Alfred Nobel unos premios para ciertas especializaciones
científicas, a las que añadió otros para premiar la creación lite
raria y también logros en los esfuerzos en favor de la Paz. La preparación
legal, administrativa y económica de un esfuerzo tan grande requirió
tiempo, pues era necesario poner en funcionamiento una maquinaria
considerable. Nobel falleció al año siguiente, 1896, y ello supuso dilacio
nes y mayores necesidades de adoptar criterios, en un terreno en el que
no existían precedentes. La primera idea fue que los Premios fueran atri
buidos por la Academia Sueca —una entidad establecida en Estocolmo
a finales del siglo xvm— lo que ya planteaba dificultades, pues algunos
miembros de ésta no eran partidarios de que la Academia aceptase tan
honroso encargo, por la responsabilidad que significaba ante la opinión
nacional y la internacional: se suponía que iban a existir presiones de un
lado y de otro, incidencias y conflictos, y se dudaba de interpretar correc
tamente el deseo del creador del legado que, en materia literaria, era
premiar «tendencias o espíritu idealista». Finalmente la Academia sueca
aceptó el encargo.
Era necesaria una cuidadosa reglamentación; establecer un sistema de
presentación de candidatos, métodos de apreciación de sus respectivas
obras por parte de un Comité de académicos, composición de éste, se
lección y elaboración de propuestas, decisión final por parte de la Aca
demia, que no estaba obligada a aceptar la propuesta formulada por el
Comité. El premiado tenía que ser, necesariamente, un autor vivo en el
momento de la designación, y se partía del principio de la «tendencia
idealista» del autor, sus méritos morales y profesionales, y sin que fuera
determinante su nacionalidad o su idioma de expresión. Los Premios se
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pusieron en marcha tras años de preparación; no faltó ningún buen pro
pósito de acertar, y la seriedad que en todos los sentidos ofrecía la culta
sociedad de Suecia dio prestigio inmediatamente a unos Premios que
significaban un gran honor internacional, además de una importante re
compensa económica.
Era un principio generalmente aceptado que la política no iba a inter
venir en este terreno y que se iban a hacer los mayores esfuerzos para
lograrlo. Y, en ese espíritu, se concedió el primer Premio Nobel de Litera
tura en el año 1901. Con el transcurso de los años la experiencia fue
introduciendo algunas modificaciones en la reglamentación, ampliación
del número de personas facultadas para presentar candidatos, retoques
en la composición del Comité que estudiaba las propuestas, interpreta
ciones acerca de algunos aspectos, como el de aclarar el significado de
que el Premio pudiera ser compartido por dos autores, etc.. Y, con todo,
la gestión tan cuidadosamente preparada no pudo estar exenta de críti
cas, críticas que se formulan desde el propio organismo gestor: el Pre
mio Nobel.
Hemos tenido el honor de establecer un contacto personal con un
distinguido miembro de la Academia sueca, el señor Kjell Espmark, que
en 1988 presidió el Comité del Premio, con quien mantuvimos una con
versación muy grata el pasado mes de enero, en Estocolmo, en la sede
de la Academia, y a quien habíamos manifestado previamente nuestro
interés en conocer circunstancias de la candidatura presentada en favor
de don Benito Pérez Qaldós en varios años de la década de 1910. El
académico Sr. Espmark atendió nuestros deseos, contestando nuestras
preguntas, facilitó fotocopias referentes a la candidatura de Qaldós exis
tentes en el Archivo de la Academia, todo lo cual está en la base de lo
que acerca de esa aproximación del gran escritor al Nobel incluimos en
nuestra biografía del canario. Nadie como el académico Sr. Espmark po
día ayudarnos, pues conoce extensamente la historia de estos premios
de Literatura —que ya están próximos a cumplir cien años de antigüe
dad— y es autor de un libro sobre ellos y sobre su evolución, libro pre
parado mediante investigaciones en el Archivo, abierto con aquel fin por
vez primera. El Profesor Espmark nos obsequió con un ejemplar del mis
mo, en lengua inglesa. Quede aquí consignado nuestro agradecimiento
por todo ello.
La aproximación de la candidatura de nuestro escritor se produjo en
los años 1912 a 1916, cuando el Premio llevaba en funcionamiento poco
más de una decena de años. Nos parece de sumo interés ver lo que el
Premio fue en esta primera década, para entrar a continuación en un
recuerdo de lo que fueran las gestiones de la candidatura galdosiana, no
concluidas con éxito, como es sabido.
Tras cinco años de preparativos jurídicos y administrativos, después
de fallecido Alfred Nobel, el Premio de 1901 se concedió al poeta fran
cés Sully Prudhomme, una personalidad bien elegida —autor de una poe
sía intimista y filosófica, con una preocupación moral, llena de idealismo
V CONGRESO GALDOSIAPIO
y con sentido de la modernidad, según los críticos— y cuya obra fue
seleccionada entre 25 candidatos. Hoy ya es público, y así nos lo refiere
el Profesor Espmark, que dos fueron los finalistas en el debate académi
co en el seno del Comité; Prudhomme, el finalmente elegido, y Federico
Mistral, el poeta francés renovador de la lengua lemosina —el provenzal
que animó el movimiento literario «felibrige» a mediados del siglo xix— y
cuyo poema «Mireio» (1859) fuera la obra cumbre. Los miembros del
Comité tuvieron en mucho los méritos poéticos de Mistral, pero el peso
de la Academia francesa, que se volcó en favor de Prudhomme, basculó
en favor de éste. Pesaba fuertemente el hecho de que la Academia fran
cesa había sido el modelo de la de Suecia, creada en 1786, como recuer
da el profesor Espmark.
IMo habían de ser poetas todos los llamados al Nobel y ello se probó
cuando al siguiente año fue atribuido al gran historiador alemán Theodor
Mommsen, por su magistral «Historia de Roma». Más tarde se pudo ver
que se incorporaban a la lista de honor novelistas, dramaturgos, filóso
fos, algún político con buena pluma de historiador, pero, con todo, casi
cien años de concesión del Premio mostrará lo que ya es sabido: el pre
dominio de la Novela y de la Poesía.
Un cómputo que, inexorablemente, hubo de aparecer pronto fue el de
la nacionalidad o —para ser más discretos—, los ámbitos culturales de
los agraciados. Tras el «empate» Francia-Alemania de los dos primeros
años —las dos grandes potencias culturales del continente europeo a
comienzos del siglo, y ambas rivalizando por entonces por ejercer la
hegemonía—, el Premio de 1903 fue adjudicado al gran autor de nove
las, dramas y poemas B. Bjornson, un noruego, en liza con Ibsen, tam
bién noruego, y con el filósofo inglés Herbert Spencer. Forzosamente al
gunos creyeron ver motivaciones políticas en la concesión, pues hacia el
año 1902 se agudizó la crisis que separaría a noruega de Suecia, lo que
era fácil que se reflejara en el Premio correspondiente a 1903. El libro
histórico del profesor Espmark admite que la presencia de dos noruegos
en las etapas finales de los debates en el Comité del Nobel suponía un
gesto «de amistad hacia noruega» en aquel delicado momento. Se pensó
en premiar conjuntamente a Bjorson y a Ibsen, pero se rechazó esta fór
mula innovadora. Hay que decir que el elegido fue Bjorson, pese a sus
actividades políticas anti-suecas en aquellos momentos, y que Ibsen fue
preterido por los «aspectos negativos» de su obra: su crítica social, su
escepticismo religioso y por ciertos aspectos de las relaciones entre
sexos.
no obtendría Ibsen el nobel en años posteriores, lo que abrió paso a
una cierta crítica sobre los criterios del Nobel, reforzada en esos mismos
años por otra sonada exclusión, de comprensión difícil: la de Tolstoi.
Esos casos, y otros, abren paso a la idea de que en ello tenía parte
quien durante estos primeros años fue Secretario permanente del Comi
té: el señor Carlos David Wirsen, de tendencias muy conservadoras, al
aplicar el principio de la «tendencia idealista», lo que, a lo largo de varios
II BIBLIOTECA GALDOSIANA
años, le permitió orillar a los dos grandes autores citados y también a
Zola, a Strindberg, y a otros, por las respectivas ideas acerca de los Esta
dos, las Iglesias, la moral tradicional, etc.... Ya hoy se refiere que Wirsen,
en 1906, llegó a obtener el veto del rey de Suecia respecto a cierto
candidato.Era difícil negar influencias extra-literarias en las designacio
nes.
En la del Premio 1904 tuvo lugar una particularidad que ofrece un
interés especial y nuevo: el Comité, con Wirsen, estaba casi unánime
mente dispuesto a proponer a Mistral, el poeta que había estado muy
cerca de ser elegido tres años antes, pero ocurrió que un miembro del
Comité, entusiasta del provenzal, acababa de publicar una traducción al
sueco del poema «Mireio», y Wirsen estimó que ello era un obstáculo, por
lo que propuso, por su parte, a don José de Echegaray. En las votacio
nes finales ambas candidaturas quedaron empatadas y, en vista de ello,
se llegó al compromiso —que hasta entonces se había tratado de evitar—
de que el Premio de 1904 fuese compartido, lo que no fue bien visto por
todos.
Era el cuarto año de atribución y ya figuraban obras en los idiomas
francés, alemán, noruego, español y provenzal. Ello parecía que llamaba
la presencia de otras lenguas ausentes; en 1905 fue el polaco, en la obra
de Sienkiewicz, autor de la novela universalmente popular «Quo vadis?»,
y en los años sucesivos en la persona y obra del italiano Carducci y del
inglés Rudyard Kipling, lo que añadía universalidad al Premio. El polaco,
con su patria ocupada por los rusos y teniendo que vivir prácticamente
en el exilio. Carducci, un poeta exaltado y agnóstico. Kipling, con sus
connotaciones de energía, originalidad, exotismo, presentaban óptimas
imágenes en los años 1905-1907 en que fueron premiados, río deja de
sorprendernos hoy que la lengua inglesa no accediese a un Premio Mobel
sino en la séptima ocasión en que éste fue concedido.
La atribución del correspondiente a 1908 al filósofo alemán Rudolf
Eucken podía parecer una idea de equilibrar la presencia de Francia y
Alemania cuando la rivalidad entre París y Berlín se acentuaba en todos
los terrenos. El de 1909 fue concedido a la sueca Selma Lagerlóf, prime
ra vez que un escritor de este país aparecía en el rol de honor, en la
novena edición del Premio. Ello se debía, en parte, a la oposición que
Wirsen había venido mostrando por hallar en esta autora carencia del
«idealismo»» necesario. El Premio de 1909 venció esta resistencia del Se
cretario permanente del Comité.
Una candidatura no premiada podía repetirse en años sucesivos, con
tal de que los académicos suecos o extranjeros, las Universidades o al
gunas entidades culturales calificadas las reiterasen. Ha sido plenamen
te normal que un autor fuese presentado una y otra vez por sus admira
dores, y que no fuese nunca elegido, o lo fuese a la enésima vez. Tal
ocurrió, por ejemplo, con un caso notable: Bernard Shaw, presente en
las listas de candidatos desde 1911, no fue elegido sino en 1926, quin
ce años más tarde.
Y CONGRESO GALDOSIANO
río tuvo la misma fortuna Benito Pérez Galdós, y vamos a acercarnos
a las circunstancias que rodearon su candidatura. En 1910 fue un poeta
alemán el designado; al año siguiente, el belga Mauricio Maeterlinck, can
didatos desde varios años antes, que finalmente se habían abierto cami
no en la opinión de los componentes del Comité y en la opinión final de
la Academia. La persistencia, la tenacidad de los adeptos era un factor
muy importante, como vemos.
Refiere H. Chonon Berkowitz, biógrafo de Qaldós, que, en cierta oca
sión, al conocer la concesión del Premio, don Benito comentó con algu
nos amigos que otros autores españoles podían también obtenerlo, lo
que fue entendido por alguno de sus oyentes como una sugerencia rela
tiva a su persona.
riada más natural cuando, a finales de 1911 Qaldós era ya el autor de
ochenta y tantas novelas y dramas, con centenares de miles de ejempla
res vendidos, conocido en gran parte del mundo europeo y americano,
con muchas de sus obras traducidas a los principales idiomas, y algunos
de sus dramas representados fuera de España. Había realizado ya la casi
totalidad de su ingente obra y entraba en años de actividad y de crea
ción muy reducidos, pues precisamente a partir de aquel año 1911 hubo
de sufrir operaciones en los ojos para tratar de detener la pérdida de la
vista. En el año 12, una segunda intervención quirúrgica detuvo por al
gún tiempo el deterioro de su ojo derecho...
Como miembro de la Real Academia de la Lengua, don Benito venía
recibiendo, desde años atrás, las Circulares del Comité del Premio Nobel
de la Academia Sueca, invitando a presentar candidatos al igual que
otros académicos. Algunos de estos españoles utilizaron esa facultad
para presentar a Qaldós, que fue así uno de los 31 optantes al Premio
de 1912, presentado por sus colegas en la Academia Española Selles,
Echegaray y por otros que no lo eran, pero lo serían después, como Pi
cón y Rodríguez Carracido. Además del apoyo del medio millar de miem
bros del Ateneo de Madrid, pues en esta entidad se había promovido una
campaña en favor de la idea. Un testigo presencial, el escritor Tomás
Borras, contará que el 25 de enero del año 13 surgió aquella en un gru
po de jóvenes ateneístas y que uno de los más vehementes, Ramón Pé
rez de Ayala, quedó encargado de redactar el escrito de petición. El au
tor de «La pata de la raposa» se apartó por unos momentos en un escri
torio, allí mismo, y realizó el encargo, invocando «la fertilidad creadora»,
la abundancia de caracteres literarios tipificados, la «emoción misericor
diosa» de las criaturas que describía y las virtudes de «humanidad y de
universalidad» patentes en su obra, con otros elogios y encomios, de lo
que resultaba que España «ha adquirido conciencia de sí propia en la
obra de don Benito Pérez Qaldós»-.
No era éste, en dicho año, el único candidato español. Entre los 31
figuraban otros tres: el Profesor Rafael Altamira, propuesto por el Recto
rado de la Universidad de Oviedo; el poeta Salvador Rueda, apoyado por
una decena de profesores del Instituto del Cardenal Cisneros, de Madrid,
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y el catalán Ángel Quimera, presentado por la Academia de Buenas Le
tras, de Barcelona, y por el Instituí d'Estudis Catalans. Entre los extran
jeros, optaban aquel año al Premio algunos que por entonces, o des
pués, fueron famosos escritores: no lo obtuvo en aquel año 1912 el ya
citado Bernard Shaw, que hubo de esperar, o Anatole France, que lo
obtendría en 1921, o Henri Bergson (1927); y otros famosos que no lo
obtendrían nunca.
En el año 1912 se produjo un hecho muy importante en el seno del
Comité; el profesor Wirsen cesó como Secretario Permanente, después
de once años de influir poderosamente en el mismo, y fue sustituido por
el Académico Erik Axel Karlfeldt, lo que supuso un profundo cambio de
criterios y de resultados. El primero fue que el novelista alemán Qerhart
Hauptmann, no premiado desde años atrás, por el crudo realismo de
sus personajes —con temas como el alcoholismo, el incesto— obtuvo el
Premio.
Qaldós no estaba mal situado para años sucesivos. Se nos ha facilita
do un análisis escrito de sus valores literarios, hecho por el académico
Bjórkman, donde se señalan los méritos de sus Novelas históricas, llama
das novelas Contemporáneas, y los tipos de idealismo quijotesco como
«riazarín» y «Ángel Querrá», haciéndose también una amplia referencia al
éxito de «Electra» en 1901.
Entre los candidatos para 1913 —entre 28 escritores,— se repiten
Qaldós, Rueda, Quimera, con Loti France. Bergson, la italiana Deledda,
que había de esperar aún otros catorce años para ser elegida; y aparece
un nombre nuevo, que rompe los esquemas hasta entonces existentes,
el poeta indio Rabindranat Tagore, un místico de Asia, producto refinado
de una de las más antiguas culturas de la Humanidad, que fue el elegi
do, lo que suponía una conmoción en los cimientos del Premio. La ini
ciativa era inglesa, y se basó en la traducción al inglés de un poema es
crito en bengalí: poco o nada se conocía de otras obras de Tagore.
La universalidad del Premio era todavía muy limitada. Duró años un
debate sobre su «eurocentrismo». Baste recordar que los Estados Unidos
no contó con premiados sino en la década de los 30, que la América del
Sur conocería el primero en 1945, con Gabriela Mistral; los rusos, en
especialísimas situaciones, en 1958; el primer africano, en 1986, etc..
1914 supuso una honda crisis al Premio. Consciente Suecia de los
conflictos que podían surgir de la concesión de ellos, los suspendió ese
año y el siguiente. Se habían presentado candidaturas —aunque en me
nor número, 24— y entre ellas Qaldós, Quimera y un catedrático de Gra
nada, pero el Premio quedó «reservado». Al considerarse el de 1915, el
Comité pudo ver que el número de candidatos había disminuido bastan
te: solamente 11 —y entre los españoles, dos: Quimera y Rueda—. Entre
los franceses, un candidato primerizo, Romain Rolland. El Comité enten
dió que debía de ampliar el número de candidatos y puso en lista a 11
candidatos del año anterior, y entre ellos a Galdós. Al hacerlo así, un in
forme del Comité, que entonces presidía el historiador sueco Hjárne, se
Y CONGRESO GALDOSIANO
refería a la reparación de una injusticia, y manifestaba que en 1913
«como parece haber conocido la Academia» recibió esta «muchos telegra
mas» de protesta «en contra de la elección», lo que no se repitió al año
siguiente. Leemos el párrafo, que se nos ha traducido del sueco: «Pero
cuando la propuesta se volvió a renovar al año siguiente, parece que el
movimiento había cesado. Al contrario, las propuestas enviadas mostra
ban que en esos momentos en España, a nivel bastante general, a pesar
de las diferencias de opinión y de las discrepancias entre los partidos,
parecía considerar su elección al Premio Nobel no sólo como una bien
merecida distinción a él mismo, sino también un honor para su país».
Según este párrafo, oficial, los telegramas contra Qaldós evidentemen
te se produjeron en 1913 pero no, o apenas, en 1914. no es éste lugar
ni ocasión para tratar de ello: conocido es el dolido artículo de Unamuno
sobre esos telegramas. Hicimos una discreta alusión al Sr. Espmark
por si nos era posible verlos, ahora, a ochenta años de distancia, pero
tuvimos una discreta respuesta: no se hallaban en lugar muy accesible,
en las salas de-Archivo de la Academia («in the cellar», se nos dijo) y no
insistimos. Es posible que, en un futuro más lejano, un investigador más
riguroso, español o no español, tenga acceso a ellos.
Hjárne, el Presidente del Comité, había proclamado, sin ambages, una
neutralidad del Premio al estallar la guerra; a ello se debió la suspensión
en ese año y en el siguiente; era lo prudente cuando no pocos de los
candidatos pertenecían a países en guerra y eran, intelectualmente, beli
gerantes por sus respectivos países.
La guerra avanzaba y el caso fue que se cambió de idea y el año 16
se reanudó. Se recibieron 23 candidaturas, el Comité añadió otras cin
co, de modo que sumasen 28, y entre estas últimas incluyó la de Qal
dós, a quien presentaba el propio Presidente, Harald Hjárne, y apoyaba
fuertemente otro académico, Per Hallstróm, uno de los más influyentes
—sería, en otros momentos. Secretario permanente del Comité, Presiden
te en otras— el cual, en un dictamen interno del 21 de octubre de 1915
—del que se nos ha facilitado fotocopia— proclamaba que Qaldós debe
ría haber recibido el Nobel mucho tiempo antes, y examinaba su gran
obra novelística. Pero esa ocasión falló y el Premio de 1916 fue atribui
do a Romain Rolland, lo que probaba una vez más los poderes del Se
cretario Permanente —recordemos que en la ocasión lo era el profesor
A. Karlfeldt— pues nos dice el libro de Espmark que «the candidate proposed
by Hjárne and the majority on the Commite was Benito Pérez Qal
dós». Pero Karlfeldt había propuesto, en unión de otros dos profesores,
a Romain Rolland, y no fue suficiente que Hjárne defendiese, en los de
bates del Comité, la tacha de «chauvinismo» que los franceses atribuían
a Qaldós. Leo simplemente lo que escribe el académico Espmark en la
pág. 32, línea 28 y ss.: «The reproaches of chauvinism from the french
side were shown to be unjustified, and the accusations of "partiality" for
certain historical was said "to have been succesfully refuted"...»
(Recordemos, entre paréntesis, que Qaldós, amigo y admirador decíaBIBLIOTECA
GALDOSIANA
rado de Francia, y muy moderado en sus novelas de la invasión napoleó
nica, había sido atacado por sus Episodios nacionales, primera serie.)
Hay que excluir decididamente a Romain Rolland de cualquier manio
bra contraria a Qaldós. Rolland, un «místico y reconcentrado» como se
definía a sí mismo; de altísimo sentido moral —lo que le valió odios y
conflictos dentro de su propio país, que le obligaron a vivir parte de su
vida en Suiza, buscando la paz—, fue un solitario y una gran conciencia
que no había deseado competir en 1911 por el Gran Premio de Literatu
ra de la Academia Francesa y había proclamado entonces que «se fueran
al diablo todos esos premios»... (Finalmente, dos años más tarde, le fue
otorgado). Rolland era un Premio Nobel nato: internacionalista, de inmen
sa cultura literaria, musical y en artes pláticas, autor ya entonces de una
serie de novelas de introspección —el niño, el adolescente, el rebelde,
el mundo hallado, los amores, las amistades, los reencuentros y rectifi
caciones— no había escrito, ni mucho menos, toda su obra, pues aún
había de vivir veintiún años más, mientras que Qaldós, trece años ma
yor que él, casi había concluido la suya. El 13 de noviembre de 1916 se
concedió el Nobel de 1915 a Romain Rolland —un hombre consternado
por la tragedia bélica, y que había escrito una carta abierta a Hauptmann,
su casi predecesor en el Premio, protestando de las violencias de la gue
rra. ¿Tuvo conciencia don Benito, en esas semanas finales de 1916,
cuando estaba envuelto en problemas, y en primer lugar su ceguera, y
recorriendo triunfalmente los escenarios con «Marianela» representada
por Margarita Xirgu, que había rozado la obtención del gran Premio sue
co? Cuando se haga la historia detallada de esa gestión, sabremos si
cundió el pesimismo en el equipo gestor; el caso fue que todavía en
septiembre del año 16 el académico Hjárne había propuesto a Qaldós
para el Premio que, finalmente, se otorgaría dos meses más tarde a Ro
main Rolland y, al mismo tiempo, el del año 16 a un poeta sueco.
No nos consta que se repitiera la candidatura aspirando al Premio del
año 1917, y ello fue probablemente una discreta medida de prudencia
pues —en esos finales de la guerra europea— la Academia Sueca obró
con decidida cautela y durante cuatro años o suspendió los Premios o
los atribuyó a escritores escandinavos y a un suizo. Posiblemente pasó
la oportunidad, aunque don Benito, según el epistolario publicado por
Soledad Ortega, aún confiaba en octubre de 1917 en que el Ateneo for
mulara la solicitud oficial una vez más. Ello dependía de la junta General
e instaba Galdós al amigo Pérez de Ayala a que se interesase. Su ilusión
seguía viva en noviembre pero, repetimos, no nos consta que se hiciera
tal solicitud.
Galdós, ya plena ruina física, dos años después de esta postrera ilu
sión, cerraba definitivamente su acceso al Nobel. Pasados otros dos años
lo obtendría Jacinto Benavente, que había tenido, una década antes, el
gesto de renunciar a su candidatura al conocer que en España se iba a
presentar a don Benito.
No nos corresponde, por supuesto, comentar los criterios ni los resulV
COMGRESO GALDOSIANO
tados obtenidos por este Premio tan famoso y tan codiciado. Otras per
sonas lo han hecho y no faltan las críticas al respecto. El historiador del
Nobel, señor Espmark, recoge no pocas, de diversas procedencias, inclu
so las surgidas en la propia Academia Sueca; no vamos a mencionar las
que se refieren a los españoles premiados en 1904 y 1922, pero sí he
mos de mencionar a dos incuestionables ausentes en el primer tercio de
este siglo: don Miguel de Unamuno y don José Ortega.
En cuanto a Qaldós, en su desmemoria senecta de esos años entre
1912 y su muerte ¿recordó alguna vez aquel relato que hiciera en su
juventud, a sus veintitantos años, titulado «Un tribunal literario», donde
juzgaba a unos juzgadores?