GALDÓS Y EL REGENERACIONISMO

Isabel Román Román

I

Parece evidente que Galdós intensifica en su última etapa creativa su

entronque con la tradición barroca española del didactismo mediante el

emblema y la alegoría, que servirán de cauce al planteamiento de sus

utopías para la salvación nacional. Pero recordaremos en primer lugar que

también se encuentran raíces barrocas en la práctica de lo que podría

llamarse ”retórica del regeneracionismo”, con los cauces expresivos de la

visión organicista de la sociedad.

La filosofía política y el arbitrismo barrocos se expresaron igualmente a

partir del modelo de la Medicina, en un siglo en el que esta disciplina

avanzaba hacia su configuración científica. Sancho de Moncada escribía

en 1619: “como hay principios ciertos y reglas infalibles que enseñan a

remediar las enfermedades de los cuerpos y de las almas [...] hay remedios

infalibles para remediar los daños que pueden venir a los reinos en

común”.1 Desde fines del siglo XVI, médicos arbitristas (parece una secuencia

inseparable la del diagnóstico y el remedio) como Miguel Sabuco,

Huarte de San Juan, Jerónimo Merola o Pérez de Herrera, entre otros muchos,

venían insistiendo en la función del príncipe como “médico” que

había de curar a un “enfermo que poco a poco se va acabando”, como

terminará por reconocer Barrionuevo en sus famosos Avisos de 1656.2

En nuestro Siglo de Oro, la filosofía política española representaba al

país con la imagen de un cuerpo humano cuya cabeza es el rey. Arbitristas

como el Doctor Laguna, bajo Carlos V, o Cristóbal Pérez de Herrera, ya con

Felipe II, solían servirse de desarrollos detallados para explicar las “funciones

orgánicas” correspondientes a cada categoría social, funciones que

deberían asegurar la vida del “cuerpo social”.

El fin del siglo XIX reproduce el mismo sentimiento de sí como «época

de crisis», y los pensadores vuelven a meditar sobre el cuerpo enfermo de

su país, y también sobre las patologías del alma nacional, concepto éste

plenamente romántico. Los estudiosos de la Historia, como ha subrayado

Maravall, tienden a tachar de groseros y anticientíficos los modos

organicistas de expresión, aún reconociendo el valor de obras como el

Leviatán de Hobbes y el cauce de reflexión que las analogías organicistas

permitieron.3 Anticientífico o no, la crisis de las últimas décadas del S.XIX

retoma este modelo conceptual y expresivo acerca de los males del país,

aunque en el fin de siglo los moldes aportados por la Sociología como

ciencia naciente en el siglo sean las pautas para los pensadores.

3-2

101

Suponemos que la obra del filósofo Alfred Fouillée La ciencia social

contemporánea pudo ser conocida en España directamente en su edición

francesa, antes de la traducción de Adolfo Posada en 1894, por lo que no

es descartable su influjo temprano en el modo de articular pensamiento y

expresión propio del regeneracionismo español. La formación de Fouillée,

aunque de base positivista, le condujo sin embargo a la intención de conciliar

idealismo y positivismo para la aplicación a los campos de la Sociología

y el Derecho. En su obra básica de Sociología, coherentemente con su

admiración hacia el manual de Zoología de M. Jäger -que clasificaba las

sociedades como seres vivos y analizaba sus caracteres como un naturalista-

declaraba que tales analogías eran consideradas en su época “identidades

que expresan la realidad misma con una entera exactitud”. Y especialmente

en el Libro segundo de su obra, “El organismo social y la escuela

naturalista”, comenta las doctrinas de Spencer, Comte, Littré o Berthelot

al respecto, especialmente las relacionadas con lo que denomina “Pruebas

fisiológicas del organismo social”, o “El sistema nervioso de las sociedades”,

entendiendo a las sociedades como individuos fisiológicos en los

que por tanto se manifiestan caracteres esenciales como la generación, la

organización, la nutrición, las enfermedades y la muerte.4

Como individuo fisiológico considera siempre Joaquín Costa al país, de

tal modo que sobresalen en el conjunto de su obra las personificaciones

de conceptos e instituciones vista desde el modelo de “lo orgánico”. Su

“Concepto orgánico de la Marina”, por recordar una muestra significativa,

expone ordenadamente lo que se ha menester para alcanzar “un organismo

económico robusto”, ya que la Marina es “una pieza de un organismo

complicado que necesita la concurrencia de otras muchas; que por sí misma

no vale”.5

En perfecta síntesis con la fuente positivista de la sociología, las alegorías

fisiológicas del regeneracionismo se nutren de la filosofía idealista

alemana del siglo XIX, especialmente de la obra programática de los principios

educativos de la Institución Libre de Enseñanza, el Ideal de la humanidad

para la vida de Karl Krause, traducida por Sanz del Río, con una

primera edición en 1860 y una segunda en 1871. A la docencia universitaria

de Julián Sanz del Río, que asienta la influencia del Krausismo en nuestro

país entre 1857 y 1869 se añade, como es bien sabido, el impacto de

Los mandamientos de la Humanidad y la posterior Revista Europea fundada

en 1874.

El krausismo, base filosófica para los que buscaban una regeneración

moral e intelectual para España, se combina así con el influjo directo de la

sociología como ciencia naciente en la segunda mitad del siglo XIX. Krause

no sólo proponía una visión de la Humanidad como organismo social compuesto

por una unión armónica de otros organismos,6 sino que desarrollaba

también su concepción de las edades de la Humanidad como ser vivo,

edades de entre las que sus contemporáneos se encontrarían aún en el

102

estadio de “pueblos infantes”.7 Trata por vez primera el concepto de “enfermedades

de la Historia”, mientras que Giner, en carta a don Rafael

Altamira, señala que hay que distinguir entre lo sano y lo enfermo.8

Las fórmulas referidas a la enfermedad espiritual y las consiguientes

propuestas de regeneración se acumulan enseguida desde el fin de siglo,

cuando “regeneración” se convierte en el concepto de moda. Aunque los

Diccionarios de la Real Academia de 1869 y 1884 recogen sólo la acepción

moral del término, la lexicografía ha documentado ejemplos tempranos

de discursos parlamentarios de 1869 en los que el término empezaba ya a

ser usado con la acepción que nos interesa.9 Treinta años después proliferarían

los libros y artículos en torno a este tema, como Regeneración económica,

de Jesús Pando y Valle, en 1897; Los desastres y la regeneración

en España, de J. Rodríguez Martínez; La regeneración y el problema político,

de Antonio Royo Villanova o ¿Nos regeneraremos?, del Marqués de

Torre Hermosa, todos ellos del año 1899.

Especialmente en los años 1897 a 1902 confluyen con mayor intensidad

desde artículos a obras completas ocupadas en definir las enfermedades

y remedios del organismo español. Pero los juicios galdosianos sobre

una patria enferma que precisa remedios habían aparecido en fecha tan

temprana como 1876, cuando apuntaba su visión organicista en el episodio

El 7 de julio y en Gloria. En el episodio citado, el país es visto por dos

personajes contrarios al “pasteleo político” de Martínez de la Rosa, como

un enfermo moribundo, aunque “la medicina política propone una sangría”

(o revolución) en vano, según conversaciones de varios personajes

liberales.10 Aunque el marco histórico evocado en este episodio corresponde

a marzo de 1822, se inicia de esta manera el esbozo de lo que será

una sostenida correspondencia, la de la ecuación revolución=sangría: la

sangre previsiblemente vertida en una revolución se convierte en remedio

médico deseable, en operación necesaria para el país.

Más tarde, en 1881, La desheredada comparte el lenguaje del

regeneracionismo cuando ya en la dedicatoria el campo de la Medicina

unifica la expresión, para acabar con la ofrenda de la novela “a los maestros

de escuela”, presentados como los deseables “médicos” del país:

Saliendo a relucir aquí, sin saber cómo ni por qué algunas dolen

cias sociales nacidas de la falta de nutrición y del poco uso que

se viene haciendo de los beneficios reconstituyentes llamados

Aritmética, Lógica Moral y Sentido común.11

En el año emblemático de 1898, el narrador del episodio De Oñate a La

Granja opina que los infinitos pronunciamientos del siglo eran “la enfermedad

general ya crónica, que se agravaba. Mas no por ello moriría el

enfermo”.12 Un año después y aún en la tercera serie de Episodios

galdosianos, el carlismo se concibe en Vergara como “la causa determi103

nante de aquella dolencia, que con el tiempo había de corromper la sangre

nacional”. La protesta armada, siempre repetida y nunca eficaz, se

convierte en “la enfermedad histórica de la nación”, consecuencia de “la

rápida gangrena del cuerpo lacerado del absolutismo”.13

En Los duendes de la camarilla (1903), Ansúrez propone la necesidad

de un remediador o “médico de esta enferma nación”. Merino se sirve

expresamente del vocablo “regeneración”, apuntando al inmenso talento

y valor que necesitaría “el que a España regenere...”.14

No es difícil observar cómo la terminología de los sociólogos

regeneracionistas se halla por completo prendida en estos pasajes, aplicada

a momentos históricos alejados de los del Desastre. Pero Galdós proyecta

más intensamente que nunca en los Episodios de la cuarta y quinta

series su propio sentir político y los moldes retóricos contemporáneos. El

lector moderno, que sabe bien que no ha de mezclar conceptos como

“autor”, “autor implícito”, “voces narrativas”, etc., encuentra sin embargo

expresiones idénticas en la voz de variadísimos personajes de la cuarta y

quinta series, en la propia palabra de Galdós periodista y, desde 1907, en

alocuciones, cartas y mítines como impulsor de la Conjunción Liberal-Socialista.

Precisamente no en obra de ficción, sino en artículo para La Prensa,

reflexionaba el autor en diciembre de 1886 acerca de si las revoluciones

podrían ser de alguna utilidad “contra los vicios de complexión que

están profundísimamente arraigados en las costumbres”.15

Y en su mensaje para un mitin de San Sebastián del 20 de junio de

1908, se refiere a la metamorfosis del absolutismo “antes fiera pujante,

ahora bacillus que invade el interior del organismo”.16 Forma semejante,

como puede comprobarse, a la elegida por Unamuno un año después en

su artículo “La envidia hispánica”, escrito como comentario al libro del

boliviano Alcides Díaz Arguedas, Pueblo enfermo. Contribución a la psicología

de los pueblos hispanoamericanos. Aquí, Unamuno aplica a España

las enfermedades morales que el político boliviano juzga rasgos de sus

compatriotas:

[...] es que ese pueblo enfermo que Arguedas nos describe no es

sólo -creo haberlo dicho- el pueblo boliviano. Este pueblo le sirve

de caso demostrativo, pero el enfermo es mucho más amplio

[...] Y este funesto cáncer de la envidia ha engendrado, por reacción,

otra enfermedad, y es la manía persecutoria [...] Y esta

horrible gangrena de la envidia, ¿de qué puede habernos venido?

17

El manifiesto de Ayala, al inicio de la Revolución del 68, es evocado

desde 1907 como “proclama viril en que el poeta [...] expresó el dolor de

la patria y sus legítimos anhelos de recobrar la salud, la paz y el decoro”.18

Más atrás se había confiado a Confusio, autor de una historia apócrifa de

104

España, el desarrollo de la parábola que explica la situación nacional tensa

contra el orden: “La libertad es el aire que vivifica; el orden es el calor

de estufa o brasero [...] Cuando los gobiernos no saben disponer los braseros

y éstos producen emanaciones venenosas, los pueblos al caer con

síntomas de asfixia se levantan de un bote [...] Lo que llamamos pronunciamientos

[...] no son más que aplicaciones heroicas de las providenciales

sanguijuelas, sinapismos, ventosas o sangría que exige un agudo estado

morboso”.19

La muerte de los sargentos tras el fallido pronunciamiento de Prim es

juzgada con rabiosa ironía por un narrador liberal, y comparada en este

Episodio de 1907 con “heroica medicina contra las enfermedades del principio

de autoridad, que por aquellos días, y en otros muchos días de la

historia patria, padecía achaques y terribles accesos agudos”.20

En La revolución de julio (1903-1904) se eleva hasta el tÍtulo el término

real de la ecuación “cirugía-revolución”, tantas veces mencionada en episodios

anteriores, desde su aparición en El 7 de julio, según dijimos más

arriba. Fajardo cree que el pueblo advierte un malestar impreciso que se

manifiesta en ”estados eruptivos, congestivos” o en un ”picar doloroso”

identificado con “la conciencia nacional” y defiende la revolución como

única vía para resolver la agonía de un ser nacional que parece que “estuviera

muriendo y naciendo al mismo tiempo. Ni acaba de morirse ni acaba

de nacer”.21

Galdós está historiando en la cuarta serie los pronunciamientos revolucionarios

continuos contra el absolutismo; y parece como si el tema reclamara

del autor el uso de fórmulas organicistas con las que articular su

juicio de valor negativo y hasta su personal desolación, tal como ocurre en

los textos de la llamada “Literatura del Desastre”. La historia de la España

de la segunda mitad del siglo XIX es sometida en su conjunto a un juicio

de valor degradante por medio, entre otros muchos factores, de una visión

organicista posterior en varias décadas al marco histórico evocado. La

repetición, los constantes cambios de gobierno son expresados así por

Fajardo en O’Donnell: “... no era más que una cataplasma simple aplicada

al tumor nacional [...] En la mente de Fajardo se fijó la idea de que el alma

de la nación, como la de él, sufría un acceso de pesada somnolencia”.22

En el mismo episodio, un personaje liberal opina que el comisionado del

rey Fernando pretende sustituir “el cauterio de la Constitución” por “la

cataplasma anodina hecha en la misma farmacia de donde salió la Carta

de Luis XVIII”.23

En la quinta serie, inaugurada con España sin rey, la interinidad gubernamental

es el principal objeto de la expresión regeneracionista. La interinidad

es ahora el “terrible virus“ cuyas manifestaciones facciosas son

“abcesos infecciosos”.24 Más de dos años después de la escritura de estos

pasajes, en Amadeo I (1910), España sigue siendo “como cuerpo en que

105

circula sangre viciada”25, enfermedad profunda de la que es más fácil percibir

sólo los indicios epidérmicos, “manchas eruptivas [...] forúnculos”. O

en La primera República, “sarampión”.26

Las palabras de estos personajes, aunque de un modo a veces trivial, se

sitúan en unos moldes expresivos que recuerdan los de esa amplia nómina

de teóricos, políticos, sociólogos y arbitristas que asumieron la función

de médicos espirituales de la patria enferma, que diagnosticaron y propusieron

seguidamente los remedios.

La tercera parte del Idearium español de Ganivet (editado en prensas

locales en 1897) se dedicó en especial al estudio de los males de la España

contemporánea y su posible tratamiento. El granadino, que percibía a

sus contemporáneos como “hundidos y postrados”, añadía el de la charlatanería

a otros males de la nación, como la somnolencia y la abulia. En su

alegoría organicista, según la cual “el espíritu territorial es la médula; la

religión, el cerebro; y el espíritu guerrero, el corazón; el espíritu jurídico, la

musculatura”, Ganivet se atribuye el papel de “médico espiritual para formular

el padecimiento que los españoles sufrimos...” Y desde él emite su

famoso dictamen: “la enfermedad se designa con el nombre de no-querer

o, en términos más científicos, por la palabra griega, aboulía, no querer”.

A partir de aquí, el escritor adoptará la forma de artículo científico: clasificación

de la abulia (en pasajera y crónica), síntomas del enfermo de abulia,

causas de la enfermedad. 27 Esta estructura, que coincide en parte con

artículos costumbristas de parodia zoológica o botánica, conocería luego

una larga tradición, de la que podría formar parte como ejemplo destacado

el artículo “Patología del golfo”, publicado por Pío Baroja en el número

4 de la Revista Nueva, de 15 de marzo de 1899, bajo la firma de “Doctor

Baroja”. La irónica estructura en epígrafes como “concepto”, “etiología”,

“síntomas”, “pronóstico” y “tratamiento” apunta sin duda a la tradición

que acabamos de mencionar.

En la misma fecha del artículo barojiano, Ricardo Macías Picavea publica

su libro El problema nacional, donde acuña como uno de los males de

la patria el tecnicismo burlesco “psitacismo” (de psitacus, papagayo o cotorra),

enfermedad que observa expandida en las Cortes, el periodismo y

la vida política en general.28 En efecto, la oratoria vacía y la charlatanería

ociosa fue una de las enfermedades apuntadas de forma coincidente por

Ángel Ganivet, Macías Picavea, Mallada, Costa, y desde luego por Galdós,

en su conocida fobia a las mañas oratorias. El libro de Macías organiza

meticulosamente sus contenidos a modo de informe médico, con el consabido

examen del paciente, diagnóstico de la enfermedad y medicación,

tras establecer como enfermedad nacional básica la parálisis. Heredando,

aunque sin matices, las grandes revisiones del espíritu de los siglos realizadas

por Giner (y que Galdós reproducirá en El caballero encantado), con

el fin de establecer su “Definición del mal” Macías hurga en la historia del

cuerpo de la nación desde la Edad Media, y concluye que España tuvo una

106

constitución normal en los tiempos antiguos, hasta que “De pronto aparece

la enfermedad, y en los siglos XVI y XVII evoluciona en todos sus períodos

agudos. Después, convertida en discrasia, en puoemia y toxicoemia,

en infección general del organismo entero, se agarra a los hondos de él,

forma constitución morbosa, y se hace crónica, minando profundamente

la vida hasta acabarla. En el cual período de acabamiento ahora estamos”.

De entre el riguroso y ordenado catálogo de los males detectados, destacan

el caciquismo, el militarismo, la “parálisis de la evolución” y el antes

mencionado psitacismo, que a juicio del autor invade tanto las Cortes

como el periodismo o la literatura, cuyos discursos se reducen a sonidos

vacíos de cualquier mensaje.29

Lucas Mallada emite idéntico diagnóstico que acusa de locos charlatanes

a los españoles contemporáneos. En Los males de la patria y la futura

revolución española, de 1890, aunque editado en 1910, apunta que la

charlatanería, la ampulosidad y la abulia han generado una España “entumecida

[...] macilenta, con torpe e inseguro paso”. Para Mallada, el vicio de

perorar, uno de los peores defectos del carácter nacional, y el párrafo

insulso de vagas pretensiones, así como los millares de maestros de oratoria

existentes en España concederían al país una indeseable ventaja en el

arte parlamentario. Regeneración”, también aquí, va a convertirse en el

vocablo central tras los diagnósticos.30

Volcánicos como siempre resultan los escritos de Joaquín Costa sobre

la palabrería inútil. Recordemos su “Medalla del año 1899”, cuyo imaginario

anverso supone “un estadista de acero”, resuelto a realizar una “operación

quirúrgica”, que se equipara a una revolución financiera. En el reverso,

la denuncia de la charlatanería parlamentaria se hace feroz, al juzgar

las peroratas ociosas como la enfermedad más corruptora. En “Sangre

española” declara que al aplicar ”el termómetro a la sangre de los españoles”,

observa con espanto que desciende la temperatura. Y sugiere finalmente,

como prueba de enfermedad, una extraña fiebre: el calor de los

españoles parece “se les ha concentrado en la lengua”.31

Muchos años más tarde, Costa insiste: “Yo no sé si la elocuencia tiene

todavía algo que hacer en el mundo: lo que si sé, es que en la situación

aflictiva a que hemos llegado por consecuencia de la catástrofe nacional,

necesitados de una reconstitución muy pronta y radical, hay algo mejor

que la poesía, y es la prosa; como hay algo mejor que la prosa, y es el

silencio. ¡Por el silencio y por la prosa se salvará España, si por ventura

queda todavía para ella salvación!”32

En La voluntad, Azorín coincide en señalar la oratoria vana como causa

de terrible enfermedad. Del personaje de Yuste, educador modélico, se

dice que “Odia la frase hecha, el criterio marmóreo», «El discurso aplaudido

de un ex-ministro estúpido, el fondo palabrero de un periódico...” Yuste,

107

al abominar de “la frase hecha de un periodista vano, la idiotez de una

burguesía caquéxica...”33 parece convertirse en portavoz de las desoladas

teorías de Lucas Mallada sobre la charlatanería y la ampulosidad como

causa de los mayores males del organismo social.

Como muestra de que la literatura converge en intenciones y a veces

hasta en moldes expresivos con los teóricos regeneracionistas, en El caballero

encantado galdosiano el tema de la palabrería se aborda con sarcasmo

llamativo. La “Madre” alegórica explica a Tarsis que entre las causas de

su castigo y encantamiento se encuentran el escepticismo y la charlatanería.

La oratoria contemporánea es vista por la Madre como puro juego

barroco, lleno de “lemas”, “emblemas” y “motes”. Pero además, las palabras

aisladas nunca son creadoras: “Y yo te digo, Gil, que cuando las palabras,

o sean las féminas, no estén fecundadas por la voluntad, no son más

que un ocioso ruido. Y aquí verás señalado el vicio capital de los españoles

de tu tiempo, a saber: que vivís exclusivamente la vida del lenguaje [...]

Habláis demasiado, prodigáis sin tasa el rico acento con que ocultáis la

pobreza de vuestras acciones. Sois muy lindas tarabillas”.34 En consecuencia,

Tarsis debe purgar su culpa metamorfoseado en pez silencioso, nadando

durante un tiempo en la “redoma del buen callar”, tal como Lázaro

de Tormes es transformado en atún durante casi toda la Segunda parte de

la vida de Lázaro de Tormes.

Galdós, antes de dar cuerpo alegóricamente a la “Madre-patria” desgastada

y anciana, pero potencialmente gallarda de El caballero encantado,

expresaba la idea en artículo de marzo de 1890, donde se encuentra ya el

germen de “la Madre exhausta”, aunque en relación con Hispanoamérica

en este caso:

Por una ley de compensación histórica, si la América española

debe su origen a España, esta antigua Monarquía, sometida a

durísimas pruebas en el curso de la historia, hoy gastada y anémica,

como madre consumida en la concepción y crianza de

tantos hijos...35

Como es frecuente en los textos galdosianos, se unifica la expresión de

Galdós y de sus personajes. Nótese la confluencia de las palabras anteriores,

del Galdós periodista, con las del político ficcionalizado don Nicolás

Estévanez exponiendo la personificación de España como madre consumida

en La Primera República:

Nuestra República, recién nacida y un poquito enclenque por

haber venido al mundo antes de tiempo con auxilio de

comadrones inexpertos, requiere cuidados exquisitos. Resulta

que la Madre España no puede darle la teta: su leche es escasa y

mala.36

108

La Madre alegórica de El caballero encantado reaparecerá poco tiempo

después en Amadeo 1 con la misma caracterización de personaje proteico,

sometido a metamorfosis físicas según su grado de satisfacción (cuando

recorre lugares heroicos) o en relación con las vejaciones a las que es

sometida.

Galdós entronca de este modo con la tendencia a las personificaciones

de grandes conceptos que caracteriza el estilo de sociólogos y teóricos

regeneracionistas. Grandes conceptos relacionados con “el Absolutismo”

o “la Revolución” se expresan también de forma didáctica y muy visual,

por medio de las alegorías organicistas. Recuérdese en este sentido el

capítulo final de Cánovas, con la profecía de Clio y su mensaje a los españoles.

En él se sintetiza el espíritu de la revolución, considerada ésta como

única terapia para sacudir la “laxitud enfermiza” inaugurada por la Restauración.

Se trata de una atrevida invocación a la guerra purificadora: “Declaraos

revolucionarios”, para evitar la “lenta parálisis que os llevará a la

consumición y a la muerte”.37

En los dos últimos episodios galdosianos, De Cartago a Sagunto (1911)

y Cánovas (1912), Galdós ha venido poniendo en boca de la figura alegórica

de Mariclío (la Madre Patria) la expresión escéptica y rotunda de los males

del absolutismo. El anatema final de Mariclío en Cánovas se convierte en

una proclama intemporal de Galdós contra todo sistema absolutista, alegato

de indudable filiación regeneracionista en su contenido y en sus fórmulas

expresivas: “Tu pobre España gemirá por largos años bajo la pesadumbre

del despotismo que llaman ilustrado, enfermedad oscura y honda,

con la cual los pueblos viven muriendo... y se mueven, gritan y

discursean, atacados de los que llaman epilepsia larvada... Debajo de esta

dolencia se esconde la mortal tuberculosis”.

El desencanto personal se vierte en el desengaño de Tito sobre la renovación

de España, imposible ya tanto en manos de liberales como de conservadores:

“Han de pasar años, lustros tal vez, quizás medio siglo largo,

antes de que este régimen atacado de tuberculosis étnica, sea sustituido

por otro que traiga nueva sangre y nuevos focos de lumbre mental”.38

La visión histórica que Galdós proyecta en estos años no puede ser más

escéptica, enfocando hacia el pasado su propio pesimismo contemporáneo.

Declaraba el autor a Javier Bueno en entrevista publicada en marzo

de 1912 que por oposición a la vitalidad de los países americanos, en

España “está todo muerto, aquí tiene que haber una gran catástrofe, esto

desaparece por putrefacción”.39 Y el periodista recogía por su parte la amargura

con que Galdós repitió “esto está muerto, muerto, muerto”. Estas

declaraciones, no lo olvidemos, son paralelas al inicio de Cánovas.

109

II

Pero a pesar del desengaño que destila este catálogo de males, tampoco

en Galdós faltó, como en Ganivet, Mallada o Picavea, la parte dedicada

a las recetas, soluciones y remedios. Para ello el autor vierte en sus fábulas

de vejez, en sus utopías, en sus alegorías clasicistas, las propuestas

concretas de sociólogos y políticos regeneracionistas, que combina de un

modo original con su relectura de la tradición literaria española desde la

Edad Media hasta los Siglos de Oro.

No estamos exactamente ante las particulares glosas de lo leído que

caracterizan al 98. No es semejante a Unamuno homenajeando El Quijote

en 1905 con su Vida de Don Quijote y Sancho, o a Azorín recorriendo La

ruta de Don Quijote en el mismo año, o reescribiendo el final de La Celestina

o El Lazarillo en su Castilla. Lo que hace Galdós en su vejez, sobre

todo en El caballero encantado, es más bien construir un esquema de

“archiliteratura” española, con la síntesis resuelta de personajes, ecos

lingüísticos, intertextos, que abarcan al menos cuatro siglos de nuestra

tradición, paralelamente a su ilusión romántica (y noventayochista) por el

reencuentro con el alma nacional, intemporal y eterna.

Inseparable de esta ilusión aparece la voluntad moralizante en estas

obras. El auto sacramental barroco emerge en 1915 en La razón de la

sinrazón, que ofrece la lucha de entidades abstractas como “la verdad” y

“la mentira”, “la lógica” y “el absurdo”, “la Razón” y “la Sinrazón”. La joven

Atenaida porta un nombre simbólico como maestra y sabia, coherentemente

con el carácter de alegoría cercano al auto sacramental en que

deviene la obra, sin que esto llegue a consumarse ya que los entes abstractos

y su lucha aparecen sólo lingüísticamente, referidos o nombrados,

sin adquirir corporeidad de personajes. La razón de la sinrazón muestra

un espacio de intersección con los Episodios de las series cuarta y quinta,

intersección en la que colabora el tratamiento de temas recurrentes en la

literatura barroca española: el enloquecimiento, el sentimiento del mundo

al revés.

Acorde con su carácter de “fábula”, en la que el autor expresa mediante

símbolos una serie de desiderata y soluciones regeneracionistas para la

salvación nacional, tras la lucha de auto sacramental entre la Razón y la

Sinrazón, la Verdad y la Mentira, permanecerá una pareja prometedora. De

entre las varias parejas programáticas que Galdós propone en esta última

etapa, Atenaida hereda la escuela y Alejandro se convierte en labrador.

Ambos constituyen la pareja ideal que preparará el futuro a nuevas generaciones.

Acotaciones como ”Avanzando con solemne arrogancia como

personificación de una idea sublime”40 reconocen los movimientos majestuosos

de los personajes, que subrayan su carácter de abstracciones encarnadas.

110

Esta fábula de 1915, en la que Ursaria representa el reino de la mentira,

presenta de forma alegórica una visión del mundo semejante a la que

ciertos protagonistas de los Episodios manifiestan acerca del momento

histórico concreto en que viven. Retoma Galdós la Farsalia de Baltasar

Gracián y denomina al país “Farsalia-Nova”,41 lugar que condensa todo el

mundo de falsedad y fingimiento, toda la impresión de irrealidad que progresivamente

destilaban los Episodios de las dos últimas series.

Recordemos que el propio desorden en el modo de narrar a cargo de

Tito Liviano, declarado por él mismo y evidente en los Episodios de la

última serie, se convierte en relevante y acompaña desde la estructura al

sentimiento de caos y mundo al revés. La sintaxis narrativa deliberadamente

caótica en los Episodios se llena de sentido, ya que no sólo la

palabra o los temas tratados sirven a esa visión del entorno como caos.

Pero a pesar del carácter voluntariamente generalizador del nombre de

Ursaria, la primera asociación que acude a nuestra mente es “Madrid”,

tantas veces denominada por Galdós con la conocida expresión “Villa del

Oso” o “del Oso y el Madroño“.42 En otro lugar, además, un diablo afirma

estar trabajando en el alcantarillado de la Gran Vía.

Por otra parte, se encuentran alusiones que extraen de su intemporalidad

a la fábula y nos remiten, aunque genéricamente, a las épocas abordadas

en los Episodios: existen referencias al Senado, al Parlamento, frecuentes

rumores de crisis ministeriales que no distinguen a ninguna época por ser

frecuentes en tantas a lo largo del siglo, etc. Por tanto, estaríamos ante la

“archirrepresentación” o arquetipo de la política de todo el siglo XIX español

y del inicio del XX.

Cuando José Schraibman sugirió en 1966 el concepto “estilo de la vejez”

galdosiano, se centraba casi exclusivamente en El caballero encantado,

novela en la que Galdós, como Cervantes, levanta el vuelo hacia lo

fantástico-mitológico e imita la idea, forma y lenguaje de El Quijote. Apuntaba

ya entonces Schraibman que el marco temporal de la obra es síntesis

de un claro mensaje regeneracionista -pese a su estilo y lenguaje

anacrónicos- próximo al lema costiano de “escuela y despensa”.43

Pero Galdós venía inclinándose al emblema y la alegoría en obras escritas

a partir al menos de 1884-1885, aunque se libre resueltamente a la

reminiscencia clasicista en su última etapa de producción, con origen en

la novela Casandra y última etapa en La razón de la sinrazón, pasando por

El caballero encantado y las series cuarta y quinta de Episodios.

En Casandra Galdós muestra la lucha contra el absolutismo y la tiranía

mediante la grandiosidad de acciones y tono de la tragedia griega, y para

ello diseña sobre moldes iconográficos clasicistas a su personaje vengador.

La escena XI de la jornada 3ª contiene la venganza de Casandra, y

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eleva lingüísticamente su registro para alcanzar la dignidad de la tragedia.

Casandra, tras osar decir al símbolo del absolutismo, a la tirana familiar, lo

que nadie pudo, acaba por asesinarla, convirtiéndose en deus ex machina

de la felicidad de todos. Previamente Alfonso, agorero, definía en términos

emblemáticos el aspecto de Casandra: “Su figura y rostro helénico

parecen creados para el horror sublime de la tragedia”.44

Estas últimas alegorías de Galdós, que se refugian en un ropaje mitológico,

helenizante o de resonancias del Siglo de Oro español, no deben

confundir al lector: se apuntan soluciones ideales utópicas a problemas

contemporáneos. Galdós, a veces muy pesimista en declaraciones privadas,

da vía libre en la ficción a propuestas de buena voluntad centradas en

la recuperación de la vida del campo, en la importancia de la educación

infantil, en la lucha contra el fanatismo religioso, contra el absolutismo de

cualquier signo, contra la charlatanería. No es casual que en sus últimas

obras proponga parejas ideales, programáticas, regeneradoras, de índole

muy semejante.

Galdós se balancea entre la entrega a su propensión fantástica y

mitológica y las convenciones de verosimilitud que había practicado habitualmente

en el género Episodios. Pese a ello, no renuncia a la

corporeización de entes abstractos y la propuesta de mensajes morales,

algo que, paradójicamente, juzgaba inconveniente en el género teatral,

según declaraba en 1894 en su Prólogo a Los Condenados, pero que acabaría

por justificar teóricamente en 1902, al afirmar en el Prólogo de Alma

y vida que “el simbolismo tendencioso” “nace como espontánea y peregrina

flor en los días de mayor desaliento y confusión de los pueblos, y es

producto de la tristeza, del desmayo de los pueblos ante el tremendo enigma

del porvenir, cerrado por tenebrosos horizontes.”

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1 Cfr. MARAVALL, J. A., La cultura del Barroco, Barcelona, Ariel, 1975, pp.147-148 y 283.

El historiador recoge, entre otros interesantes testimonios, el de Pérez de Herrera, para

quien los labradores, ganaderos, etc., eran “el hígado que envía por las venas mantenimiento

a todos”, mientras que los títulos y nobles actuaban como el estómago en que

se cuecen los alimentos.

2 MARAVALL, J. A., «Interpretaciones de la crisis social del siglo XVII por los escritores de

la época», en Seis lecciones sobre la España de los Siglos de Oro. Homenaje a Marcel

Bataillon, Univ. de Sevilla/Bordeaux, 1981, pp.113-158. Es de interés así mismo el

análisis de Y. David-Peyre acerca del Remedio para el bien y la salud del cuerpo de la

República, de Pérez de Herrera, quien considera a España “como a un ser vivo que se

resiente del mal funcionamiento de ciertos órganos, mientras el corazón y la cabeza

(Monarcas y Casa Real) se encuentran en perfecta salud”. La sed de riquezas es expresada

como “enfermedad de hidropesía” y factores como la expulsión de los moriscos o

la emigración hacia las Indias son, a su juicio, “desórdenes orgánicos contarios a la

elaboración de una sangre rica”. («La alegoría del cuerpo humano en el prólogo al

Memorial de Cristóbal Pérez de Herrera, 1610», Actas del V Congreso Internacional de

Hispanistas, Bordeaux, 1977, pp.311-317).

3 La Frustración de un Imperio, 1476-1714, vol. V de Historía de España, ed. M. Tunón de

Lara, Labor, Barcelona, 1988, pp.309-310.

4 La ciencia social contemporánea, traducción, prólogo y notas de POSADA, A., La España

Moderna, madrid, 1894, pp.99-205.

5 Recogido, entre otros lugares, en Ideario, ed.de GARCÍA MERCADAL, J., Afrodisio Aguado,

Madrid, 1964, p.108.

6 Ideal de la Humanidad para la vida, Orbis, Barcelona, 1986, pp.86-96 y 122.

7 Cfr. JONGH-ROSSEL, E. M. de, El krausismo y la generación de 1898, Madrid, Albatros

Hispanófila, 1985, p.17. La autora señala entre las características del Krausismo español

el que “tiene una concepción organicista de la sociedad y considera que ésta debe

ser la conjunción armónica de grupos e individuos”.

Cfr. también los epígrafes “Krausismo y organicismo social” y “Organicismo social” del

estudio preliminar de DÍAZ, E., a Minuta de un testamento de AZCÁRATE, G. de, Eds. de

Cultura Popular, Barcelona, 1967.

8 JONGH-ROSSEL, E. M. de, recuerda, citando una carta de Giner a don Rafael Altamira de

16 de marzo de1903:

“En toda situación histórica, escribió Giner, hay que distinguir entre lo sano y lo enfermo;

Krause es “el primero que ha tratado en unidad de concepto estas enfermedades

de la Historia”. Op.cit., p.163.

9 BATTANER, M. P., Vocabulario Político-Social en España, 1968-1874, Madrid, Anejos del

BRAE, 1977, p 603.

10 El 7 de julio, en Obras completas, Episodios Nacionales, vol. II, Aguilar, Madrid, 1986,

p.557.

11 Obras completas. Novelas, vol. 1, Aguilar, madrid, 1986, p.985.

12 Obras completas, Episodios Nacionales, vol. III, Aguilar, Madrid, 1986, p.346.

13 Obras completas, Episodios Nacionales, vol. III, cit., p.781.

14 Obras completas, Episodios Nacionales, vol. IV, Aguilar, Madrid, 1986, pp.326-327.

NOTAS

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18 La de los tristes destinos, en Obras completas, Episodios Nacionales, vol. IV, cit.,

p.1080.

19 La de los tristes destinos, cit., pp.1013-1014.

20 La de los tristes destinos, cit., p.979.

21 La revolución de julio, en Obras completas, Episodios Nacionales. vol. IV, cit., p.380.

22 Obras completas, Episodios Nacionales, vol. IV, cit., 1986, p.512.

23 O’ Donnell, en Obras completas, Episodios Nacionales, vol. IV, cit., p.591.

24 España sin rey, en Obras completas, Episodios Nacionales, vol. V. cit, pp.78-79.

25 Amadeo 1, en Obras completas, Episodios Nacionales, vol. V, cit., p.326.

26 La Primera República, en Obras completas, Episodios Nacionales vol. V, cit, p.339.

27 GAVINET, A., Idearium español, en Obras completas, vol. 1, Aguilar, madrid, 1961,

pp.286 y ss.

28 SEOANE, Mª C., ha recordado el movimiento antirretórico que se produjo a fin de siglo,

y en el que lanzarían sus protestas contra la oratoria vana Joaquín Costa, Valentín

Almirall y Mallada entre otros. Cfr. Oratoria y periodismo en la España del siglo XIX,

Madrid, Castalia, 1977, pp.33 y 337 en especial.

29 MACÍAS PICAVEA, R., El problema nacional, Madrid, Fundación Banco Exterior, col.

Biblioteca Regeneracionista, 1991, pp.243-247.

30 Los males de la patria, Madrid, Fundación Banco Exterior, col. Biblioteca Regeneracionista,

1990, pp.50-51.

31 COSTA, J., Ideario, ed. de J. García Mercadal, Afrodisio Aguado, madrid, 1964, pp.56-

61.

32 COSTA, J., Crisis política de España (Doble llave al sepulcro del Cid), Biblioteca Costa,

Madrid, 1914, p.48.

33 La voluntad, Primera Parte, III. Ed. de INMAN FOX, E., Castalia, Madrid, 1985, p.72.

34 E1 caballero encantado, cap.IX. Ed. de RODRÍGUEZ PUÉRTOLAS, J., Cátedra, Madrid,

1970, p.151.

35 Los artículos de Galdós..., cit. pp.362-363.

36 En Obras completas, Episodios Nacionales, vol. V, cit., p.373.

37 Cánovas, en Obras completas, Episodios Nacionales, vol. V, cit., pp.633-634.

38 Cánovas, ed. cit., p.620.

39 Entrevista reproducida parcialmente en Benito Pérez Galdós, ed. de ROGERS, D. M.,

Taurus, Madrid, col. El escritor y la crítica, 1973, pp.85-88.

40 La razón de la sinrazón, en Obras completas, Novelas, I11. Miscelánea, Aguilar, Madrid,

1986, p.1183.

41 Por lo que respecta a usos lingüísticos contemporáneos de Galdós, hay que recordar la

frecuencia de la aplicación del dicterio “farsa” al ámbito político a partir de 1868, tal

como ha documentado Mª Paz Battaner en su estudio del léxico de las Actas de las

Cortes y de la Prensa de la época. La lexicógrafa encuentra abundantes textos socialistas,

de semanarios satíricos tanto republicanos como carlistas, e incluso títulos de

obras, que expanden este vocablo. Así, la obra de Eusebio Blanco La farsa religiosa,

publicada en Barcelona en 1869. Lo más corriente, sin embargo. es que el término gire

en el campo léxico de la política, como en esta cita de mayo de 1870, de un artículo

del socialista La Solidaridad: “...el porqué creemos que los obreros deben separarse de

esta asquerosa farsa conocida con el nombre de política”. O en esta otra, transcrita en

el Diario de sesiones el 31 de octubre de 1870, donde el feroz Paúl se explaya a gusto:

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-El Sr. Presidente: Sr. Paúl, ¿a qué se refiere V. S. al emplear la palabra farsa?

-El Sr. Paúl y Angulo: Al sistema parlamentario aquí seguido”.

Battaner insiste en la “fusión de la moral y la política en retórica” en los años siguientes

a la Gloriosa. Podemos corroborar la realización de su esperanza en que su estudio

léxico serviría de documentación para el estudio de la novela de la Restauración. En

efecto, y tal como la estudiosa aventuraba, la narrativa de Galdós se hace eco del

lenguaje de su época y “el léxico político encontrado en el sexenio revolucionario se

convierte en un metalenguaje aplicable a todas las situaciones de la “Realidad”. (En

Vocabulario Político-Social en España, 1968-1874, cit., pp.43-44, 242-244 y 422).

42 La forma “villa del oso” es usada con frecuencia por el autor como i~ariatio denominadora

de Madrid. Por ejemplo, en artículo de 24-IX-65 recogido en Los escritos de Galdós en

La Nación, ed. de SHOEMAKER, W. H., Ínsula, Madrid, 1972, p.150.

43 “Galdós y “el estilo de la vejez”, Homenaje a Rodríguez Moñino, vol. II, Castalia, Madrid,

1966, pp.165-175.

44 Casandra, en Obras completas, Novelas III. Miscelánea, cit., p.962.